Niños viajamos a Santiago, la visita al
zoo fue el mejor recuerdo; maravillarse con la diversidad de formas, colores,
movimientos y gracias de los animales.
Ganas de tocarlos, comprender sus interacciones, deleitarse con los juguetones
monos o como daban cabritas a las jirafas
con sus largas y ásperas lenguas y esos ojos hondamente tiernos… (y que unos
años después -1995- se apagarían en un incendio).
La pregunta por el cautiverio no sé si
aparecía en mi conciencia; de grande en la segunda visita sí lo hizo: los
cubículos donde vivían que parecían insectarios, los malos olores y la
sensación de hacinamiento, el semblante triste de los más grandes, sin energías
para moverse casi, la pobre elefanta Fresia con su cuerpo ya viejo y
gastado…
En ese viaje a Santiago de comienzos de
siglo, ya andaba con mis primeras crisis
existenciales respecto al sentido de estar en el Seminario, los afectos, la
vida. Sumido en esos embrollos paseaba por el zoo en una tarde invernal tan alicaída como yo; poca
gente poco show, solo los presos animales y el preso yo.
Quizás esa era la extraña conexión que
sentía con ese lugar y los hermanitos pequeños – gigantes. Lo más extraordinario que viví esa tarde, y
lo único misteriosamente rimbombante que me ha pasado, fue la experiencia con el amigo Jirafa:
Me quedo admirándolas un rato con sus
enormes cuellos y ojos, sumido, a la vez,
en la enorme tristeza. Una de ellas
parada frente a mí se me queda mirando
y ambos, como paralizados o hipnotizados, no nos despegamos la vista; me
imaginaba que se daba cuenta de lo tétrico que me sentía y que trataba de
consolarme con esa mirada quieta, sin pestañear ni mover un músculo; una
delicadeza infinita. Solo pensarlo me hacía emocionar más todavía, como si un
ángel de Dios estuviera ahí frente a mí para mostrarme que no estaba ni estaría
jamás solo y que todo iría para
bien.
Podría entenderse como una volá mía esa pretensión de comunicación
pero fueron tantos los minutos que estuvimos así que hasta al amigo que iba
conmigo le llamó la atención. El señor (o señora) Jirafa estaba ahí conmigo
enjugando mis lágrimas internas y las que asomaban por los ojos; le agradecí y
sonreí para seguir el camino.
En estos días Pampa, el Tigre blanco, en un arrebato atacó a su cuidador debiéndosele sacrificar. Otro eslabón en la cadena de "accidentes" trágicos en nuestro alcatraz animal. Pienso si Jirafa en ese entonces se compadecía de mí o simplemente empatizaba por tener sus propias insatisfacciones vitales; quizás en su silencio mostraba el gemir de la naturaleza diezmada por el humano.
En este día del niño, puede que igual lleves a tus hijxs al zoológico; ojalá sirva para que los eduques (o te eduquen) sobre el respeto y cuidado que debemos a todos los seres. Liberarnos de nuestras cadenas personales pasa por respetar y libertar a nuestros prójimos de sus opresiones.
Cristian
Noticia del tigre blanco:
http://www.youtube.com/watch?v=lpH4s6M3QM8

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