Escuché esa expresión "ganapanes" quizás en 8° básico por ahí, fines de los ´80. Uno recuerda a esos compañeros distintos, como los que traen un bagaje familiar más político y que aporta ángulos nuevos en medio de la planicie habitual; el Matus lee una composición o hace el comentario al profesor acerca del sistema social, donde los adultos solo son ganapanes, que no trabajan por vocación o convicciones, sino solo porque necesitan el dinero para sobrevivir y alimentar a sus familias. Me quedó grabada esa incomodidad que generó en el profe y en el ambiente, Era como palpar las letras de Los Prisioneros en la vida real, era ponerse a pensar qué pasaría con nosotros, conmigo en el futuro ¿qué ideales, qué vida sería capaz de construir?
En un momento decidí que en mis motivaciones no primaran las lucas sino algo que me permitiera aportar, un sentido de realización. Pero en la U, estudiando Antropología, me encuentro con otro "momento Kodak": en alguna intervención en clases, con nuestros ya tradicionales comentarios críticos al neoliberalismo, sale un par con sus peroratas revolucionarias sobre que, como profesionales, deberemos ser jugados por el cambio social, etc y un compañero les rebate "apuesto que ustedes no harán nada de lo que dicen, y también se acomodarán y les importará más arreglárselas para ganar plata". Una crítica a la inconsecuencia entre el discurso y los hechos, el otra cosa es con guitarra, cuando ya no baste teorizar o protestar para cambiar el sistema y a la vez tener que ganarse la vida.
Pasados los años veo que, al menos laboralmente, me he convertido en un flamante ganapán. Lo más paradójico es que escribiendo esto, busco la definición de diccionario y es exacta la pega que estuve haciendo por años hasta hace un par de días: Ganapán = "Hombre que se gana la vida llevando recados o transportando bultos de un punto a otro". Mi trabajo como junior o estafeta, era el último eslabón de la sanguinaria cadena capitalista; en todo el juego financiero de bancos y empresas moviendo sus platas, día a día me tocaba depositar cheques por millones y miles de millones. La palmaria constatación de este mundo funcionando al revés, el poder y sus bofetadas en la cara de tantos y tantas.
¿Dónde quedaba toda mi protesta famosa? pues solo martillando la conciencia de vez en cuando, naturalizándose a ratos "así es la cosa no más, qué se le va hacer", buscando alternativas por fuera, tratando de enfrentar mis magulladas, escribiendo palabritas...
Ganapanes, así están las reglas del juego, pocos pueden optar, la mayoría hace lo que puede, total todo trabajo es digno, nos decimos, o si estamos más alienados aun, acogemos el consejo Opus Dei: si me tocó ser asesora del hogar, debo ser la mejor asesora trabajando con amor y dedicación, así agrado a Dios y cumplo mi misión!
Perdón pero la viejita que apenas camina, obligada a seguir trabajando limpiando baños para sobrevivir, no es un trabajo digno, es indignante. Ese trabajo de acaparadores de capital exprimiendo lo más posible la mano de obra y la naturaleza, no es digno, es indignante.
Es dura la palabra ganapán, es como reducirse a un autómata conformismo, que no se logra del todo porque humanamente aspiramos a más, a ser personas completas. Si algún (a) joven lee esto le diría que sea astuto al hacerse camino, que no lo traben los miedos y la autocrítica despiadada. Si eres adulto y te pega un poco, encuentra tu margen de maniobra que siempre está. Los ideales de juventud no son simple fulgor hormonal ingenuo, allí están los indicios más genuinos del alma pujando por lo que verdaderamente importa.
Cristian Lorca

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